El lunes 29/2/2016 viene Nacho y me propone ir a Cerler, el próximo viernes. Me dio un vuelco el corazón, de alegría, de emoción… Lo deseaba, pero no lo esperaba por causa de mis limitaciones y por mi interés de respetar su tiempo y espacio, sin interferir.
¡Una nueva experiencia a esta altura de mi ya larga vida! Las montañas nevadas no son mi paisaje, pero me atraen, quizá por eso mismo. Aprecio el esquí, porque sé que disfrutan con él. Para mí es un deporte totalmente ajeno. Bueno, no exactamente, como otras cosas he participado en esa afición poniendo los medios para que él lo domine actualmente. Cosa que me alegra, sólo lamento no haber aprendido entonces, para haberlo podido disfrutar y compartir.
Últimamente, mirando las fotos que me envía desde allí, de esas montañas, del paisaje nevado, siento que respiro el aire limpio, el espacio abierto, sin cemento a la vista, libre de ruido de motores o sirenas. Últimamente estoy sintiéndome un poco aprisionada en mi barrio, me cuesta moverme más allá.
Así que la propuesta encajó perfectamente en mi deseo profundo. Además traía un plan pensado, hasta en los menores detalles… Oyéndolo me sentía allí, contenta, emocionada, a pesar de mis limitaciones, poniendo como condición solamente no interferir en sus planes particulares. ¿Problemas?, ninguno. Todo resuelto… ¿Ropa apropiada? Encontramos un pantalón suyo de hace años. Me lo pruebo ante el espejo. Me divierte la escena de verlo señalar lo que hay que acortar. Pasamos revista y todo estaba pensado. Hasta llevarme en la telesilla a recorrer la estación, en sus horas libres. A mi no me importaba estar sola algunas horas, sé vivir sola, y además me compensaba. No me preocupaba el viaje largo, preparar maletas, ocuparme de no olvidar nada, etc. Cuando le preguntaba por algún posible inconveniente, me decía, que no me preocupara que fuera como un paquete. Nos reíamos.
No sé cual sería la expresión de mi cara, pero la alegría, la emoción me embargaba, ya no sólo por la idea del viaje en sí, sino por el gran regalo que me estaba haciendo la vida, a través de mi hijo, al que le suelo decir que me da vida. Lo estaba comprobando una vez más, recibía otra dosis de felicidad. Para más inri, me llama luego para decirme que ha pensado contratar en la estación, un servicio de esquí adaptativo o algo así, que lo utilizan para personas discapacitadas. Es una silla con esquíes, conducida por un esquiador. Al principio me negué porque lo consideraba un lujo, me bastaba con el viaje y lo nuevo que era para mí esa experiencia, pero a él le hacía mucha ilusión, se imaginaba esquiando juntos por toda la estación. Era tentador, pero quedamos en que lo hablaría con Carmina y luego veríamos. No cabía en mi pecho tan gran regalo.
A partir de ese momento, hiciera lo que hiciera, mis pensamientos se aplicaban en resolver las cosas prácticas para el viaje. A la mañana siguiente, martes, comprar velcro y aplicarlo para acortar el pantalalón. Hacer una lista de las cosas que no debía olvidar. Estaba rebosante de felicidad y muy ocupada en cumplir mi parte. Más del 80% de mi cerebro sano estaba en ello. Para distraerme, me obligué a ver por la tarde la transmisión del discurso de investidura de Pedro Sánchez en el Parlamento. Lo conseguí, me distraje. Cuando hablamos por la tarde, le conté mis avances y quedamos en paz, porque lo de la silla no podía ser este fin de semana. Dormí bien por la noche.
El miércoles cuando desperté, como otras veces, tuve que hacer el esfuerzo de recordar que día era y lo que tenía que hacer. Alguna neurona despierta y sagaz me dirigió a mirar la agenda. El domingo tenía entradas para el Auditorio, regalo de Carolina en Navidad. ¡Corto circuito total! Adiós al viaje, cómo no lo había tenido en cuenta… A las 8 de la mañana le mandé un mensaje a Nacho comunicándoselo. No pude evitar decirle «Siento que se frustren ilusiones mutuas, pero será una postergación…». ¡Mentira, frustración total! Estaba absolutamente frustrada. La mezcla de razones y sentimientos era un torbellino. Nacho hablaba de un aplazamiento y yo asentía desde la razón, pero salí del paso, con un «ya hablaremos».
Gracias a los recursos cotidianos, ducha, desayuno y gracias también a los representantes de los partidos en el parlamento (jajaja), que tenían el debate de investidura, me distraje lo suficiente para darle oportunidad a mi cerebro, a que pasara de la frustración a la aceptación de la realidad. Todo un proceso. Para concluir: Tal vez, si es posible, se haga realidad la gran ilusión del viaje a la montaña, con nieve o sin ella…
Aceptar y asumir, al fin, que aunque la oferta, el plan, no se había hecho realidad, sí me había hecho llegar una gran dosis de felicidad, de amor y una gran inyección de vitalidad. Había recibido un hermoso regalo… que valía en sí mismo, por venir de quien venía, que me conoce lo suficiente para saber que todavía, a pesar de achaques, amo la vida y me crezco ante nuevos conocimientos y experiencias.
Gracias.