La rutina puede ser un recurso empobrecedor, a veces necesario. También puede transformarse en vivificante, aunque parezca contradictorio.
Un ejemplo. Todos los días, con más o menos ganas, me obligo a salir a la calle. Casi siempre el mismo recorrido. A paso de paseo, el que me permite, no sufrirla. El trayecto puede ser monótono o no, puede ser acompañado por el sonido de la radio, o puede ser distraído observando pájaros, hojas de seto, o pensamientos. Benditos sean…
El lunes pasado, salí a la calle, sin mucha ilusión. Después de los días de vacaciones por la Semana Santa, había algo más de movimiento, pero mi plan no era especialmente interesante. Entré en la frutería, a pagar 1.30 que había quedado debiendo la víspera del jueves santo. Pude haberlo hecho el sábado que estaba abierto, pero se me olvidó. Crucé unas frases con Damián, como siempre, a veces me hace reír. Luego según el plan trazado, fui a revisar una quiniela de varias semanas atrás. El trayecto no es bonito, pero es llano. Luego viene la cuestecita de la calle, que no me hace feliz, pero llego. Nos saludamos cordialmente con el matrimonio que regenta la agencia, viejos conocidos. Demás está decir que no tenía ningún premio. Prosigo mi camino, más cuesta y más empinada.
Entonces aparece en mi apoyo, un pensamiento provocado por un instituto Ginefiv,que de ocupar un solar en la esquina, se ha extendido y ya ocupa por los menos tres o cuatro solares. Se dedica a atender a las mujeres a quienes la naturaleza no les ha otorgado fertilidad o tienen problemas para la concepción de hijos. O eso dicen. Se ve que el negocio les va muy bien… Reflexiono sobre el tema. ¿Cómo es posible que un hecho tan natural como engendrar un hijo entre un hombre y una mujer, necesite estos institutos, clínicas o no sé lo que son, con esos tratamientos especiales, generalmente muy costosos, muy avanzados? Me resisto a ser retrógrada, carca o reaccionaria. Busco razones, explicaciones, hago comparaciones basadas en experiencias propias y ajenas y no consigo superar el rechazo o las dudas que me produce este gran negocio, que utiliza la ignorancia, los prejuicios y a las mujeres, que son especialmente las clientas. Los hombres tal vez compartan deseos, ansiedades o miedos y tal vez paguen la cuenta, pero las que ponen sus cuerpos para la aventura son ellas…
En esas estaba, cuando llegué al estanco donde Andrés y su mujer, me saludan amablemente como siempre. Les comento lo que se han extendido sus vecinos, y claro, ellos son testigos del aumento de movimiento y del crecimiento. Es un negocio formidable, les digo. Les comento que había visto a una mujer negra, muy bien ataviada con un traje típico de algún país africano y me cuentan que es normal, que parece que tienen clientes diplomáticos, por el tipo de gente y vehículos que frecuentan el lugar. Jo!, pensé, el negocio es más grande de lo que yo suponía.
Al salir a la calle, me encuentro a la señora africana, que se dirige a mí en francés, preguntándome por un teléfono. Le contesto con mi chapurreado francés que no había por allí un teléfono público. Le pregunto que necesitaba. Me entero que quería hablar con su hotel, me muestra un folio con un mapa y las señas de su hotel, le ofrezco hacerle la llamada por mi móvil. Entiendo que tenía dudas para regresar, cuando cortó le expliqué el mapa que tenía y donde podía coger el bus que le habían indicado. Me dio muchas veces su merci madame, très gentile, volvió a la clínica y yo crucé la calle riéndome de como las circunstancias habían cambiado mi rutina que, en principio, prometía ser inane y había resultado ser très interesant. Y todo por una observación en la calle y una reflexión acerca de un tema tan serio, como la procreación, que se ha reconvertido en un gran negocio.
Seguí mi rutina, y fui a comprar donde siempre el pan. A la puerta estaba Josua, al que siempre saludo y a veces le doy unas monedas. Como la señora anterior, es negro y africano, pero no de Abbu Dabi, sino de Nigeria, no tiene traje típico, sino que viste con ropa evidentemente donada. No sé donde vive, pero seguro que no en un hotel de 5 estrellas en un barrio distinguido como la señora. No conozco su historia pero igual ha llegado en patera. Siempre cruzo algunas palabras con él, además del saludo. Al salir me despido y sigo reflexionando, y pensando que bien hubiera estado reunirlos a ambos, fantasías totales me digo, ni siquiera se hubieran entendido hablando. Así que bajé a tierra…
Mientras compraba el periódico hablé con el kiosquero sobre el tiempo y sus vacaciones. Seguí hacia el centro de mayores a tomarme un café y a leer el diario, como muchos días. Al llegar muchos saludos con distinta gente, Dani el cantinero que me ve y ya me prepara mi café y el vaso de agua, me ofrece churritos o porra, como siempre. Otras personas que nos conocemos de vista o por haber compartido alguna actividad, Javier, Conchita, Manuela, etc.
Al salir al porche para fumarme un cigarrito, me encontré y saludé a la jardinera que estaba comiendo una manzana. Me alejé hacia el otro banco porque no quise molestarla con el humo. Allí estaba una chica joven que pasa muchos ratos allí con su teléfono. No habla con nadie, a mí me saluda, si cruzamos nuestras miradas. Se distingue por su juventud y su aislamiento, alguien me ha dicho que vive en el barrio. Miré las flores, le pregunté a la jardinera por el nombre de las amarillas que están muy bonitas, le entendí que no sabía. Me suena que son retamas, le dije, pero no sé. Entonces la chica joven me dijo, sí son retamas, también se llaman genistas. Como las de la canción de Serrat, dije, y agregó «le pondré verde a los pinos y amarillo a las genistas»… Me despedí de ambas y volví a casa cantando Mediterráneo.
Buen paseo de rutina, transformado…