PRIMER DIA DEL 2016

Esta es una fe de vida que me otorgo. No solo porque estoy escribiendo, sino porque me he sentido viva. Anoche comencé a comer las uvas en la novena campanada. Podría parecer una mala señal, pero como no creo en supersticiones, no le di importancia. Es una tradición adoptada, no propia, pero que me gusta sentir que la comparto con mucha gente. Por otra parte tenía claro que la causa del error de dos minutos era que estaba enfrascada en el libro Diario del anciano averiado de Salvador Pániker. Hermoso regalo de navidad. ¡Cuánto me está aportando! Con tantas reflexiones y aprendizaje, dormí profundamente, el cerebro seguiría haciendo su trabajo…

Hoy, por la mañana, me levanté un poco más tarde, sin un plan especial, sin cines para salir a ver una película, con comida suficiente en casa, ni salí a dar mi paseo matinal. Revisé algunos subrayados del libro, pero no quise meterme en él. Recibí un saludo muy grato con foto incluida, respondí y al medio día me dispuse a escuchar el concierto de Año Nuevo. Tampoco es una tradición propia, pero casi la he adoptado como a las uvas. Hoy fue especial, porque me senté a verlo y oírlo, a disfrutar de la música, de la orquesta en sus detalles. Sentía que era lo que necesitaba, apaciguaba mi cerebro, ocupado en temas trascendentes. La música podía con todo. La belleza de imágenes, los vídeos… El del Danubio, que me trajo al presente a una profesora de música de mi adolescencia. Recordé parte de la letra que nos enseñó para cantar el Danubio Azul y lo canturrée. Y el vídeo del río, que belleza! Recordé una película de un griego que no recuerdo el nombre, que se desarrolla en un viaje por el Danubio, de sur a norte. Y ya envuelta en mi mismidad, pensé que me sentía más europea, a pesar de no haber nacido en este continente, que muchos españoles. Gracias, debo decirlo, a haber recibido una educación casi universalista.

El concierto fue estupendo, y por supuesto en algún momento hasta aplaudí. Y di las palmas correspondientes a la marcha Radetzky, sintiéndome emocionada y feliz.

Volví a mi rutina, comida, intento de siesta, que se frustró agradablemente por la comunicación por internet con un ser que quiero mucho que está al otro lado del Atlántico. Una parte de mi familia, que a su vez esperaba a su descendencia para iniciar juntos el año. Se sumó a mi bienestar el sentirme unida a ellos, la distancia no juega en este partido.

Por la tarde, no quise seguir con Pániker, quería aparcar el grato esfuerzo que me produce su lectura. Luego continuaré con ese hermoso desafío. Así que decido continuar una experiencia que estoy haciendo. Estoy viendo toda la saga de Stars wars. Me lo propuse porque no he visto esas películas, o si he visto alguna, no la recordaba. No son las que elegiría. Pero quisiera entender por qué resultan tan atractivas, especialmente a gente más joven. Así que a pesar de que no me gustan los combates ni reales, ni de ficción;  a pesar de que no me gustan la velocidad de los coches, ni siquiera la fórmula 1. A pesar de que no me gustan los monstruos horrorosos que aparecen, quiero terminar de ver los 6 primeros episodios, para, por último, si acaso resisto, ver el último. Trato de valorar la producción, los efectos especiales, encontrar un sentido a la historia que han pretendido contar… En fin que termino cansada, sin avanzar mucho. Pero quiero cumplir el objetivo hasta el final. Ya solo me falta un episodio.

Luego a mi rutina, que me en ese momento me sienta muy bien. Proveerme de cena, distraerme con el informativo, sin involucrarme demasiado ni en las buenas, ni en las malas noticias. Un ejercicio para mi cerebro con el concurso de Pasapalabra, el rosco solamente. La charla telefónica diaria con mi único descendiente que entona siempre mi corazón. Y por último la decisión de dar esta fe de vida, escribiendo aquí. Ya me gustaría hacerlo tan bien como Pániker, pero seguro que en cada uno, a su nivel, cumple el mismo objetivo.

 

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